viernes, 9 de junio de 2017

Inusual / Serie Erotica

Inusual
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—¿Sabes? El Tú que eras en el espacio que nos tocó vivir juntos, no se parecía a este que eres aquí
—Y ¿cómo era?
—Como tú, pero de un modo distinto, no encuentro una forma de explicarlo
—Inténtalo
—No hagas eso, no te enfades
—No me enfado, bueno, no del todo ¿Qué haces?
—Te toco ¿no te gusta?
—Pensé que era a ti a la que no le gustaba
—¿El qué? ¿Qué lleves tacones? ¿Medias? o ¿Que no te hayas depilado?
—Jjajajaja... Siempre consigues que me ría, a pesar de que no quiera
—Yo no lo consigo, eres tú el que decide soltar los sentimientos
—Para
—¿Por qué? Sólo estoy rozando tu pantorrilla con un dedo
—Y yo mirando tu pecho por el escote de esa camiseta tan ligera que llevas
—¡Oh, no! El espectáculo hoy no es para ti ¡Mírate! eres la personificación del morbo
—Jajaja... ¿Ves? Otra vez me haces reír
—Si no lo crees ¿Entonces por qué te has tomado esas fotos?
—...
—¿Lo ves? No tienes respuesta
—Sí la tengo, es sólo que no sé explicarlo
—Touché
—No, por favor, no rías... Te am...
—¿Qué?
—Me gusta cuando lo haces
—Para, para, no me beses, no aún... Quiero impregnarme de  esta representación que ahora eres y deshojarla
—¿Quieres quitarme la ropa?
—Eres malvado cuando sonríes así. No, lo que quiero es descubrirte, que no es lo mismo
—...
—...
—Oh, por favor, no me toques así, con tanta calma
—Para mí tampoco es fácil
—...
—Shhh, no toques Bill, no es tu turno
—¿Pretendes que me mantenga quieto?
—Sí, lo pretendo
—Luego hablas de mi sonrisa malvada, la tuya es maquiavélica
—...
—¿Por qué suspiras?
—Necesito calmar este corazón
—Quieres besarme, confiésalo
—Muchísimo
—Y ¿Entonces?
—Shhh...
—Lo dicho, maquiavélica
—...
—Oh... ¿Sabes lo que ese roce me produce?
—Una erección, sí, la veo
—Me tocas ahí, dónde sabes que soy sensible...
—Sí, la cara interna del muslo es lo que más me gusta; su piel suave, firme, pero sin resistencia
—Para, por favor, para
—...
—No acerques tu boca a mi pene
—...
—... Oh, por favor...
—Está prisionero aún por la ropa
—Ah...
—Te está costando aguantar lo que has creado
—Al menos deja que meta mi mano por tu escote...
—¿Quieres tocarme?
—Muchísimo...
—...
—Oh, ¡para por favor! ¿Qué buscas?
—Enloquecerte
—Pues ya está, lo has conseguido
—Oh, por favor, un matón como tú, vestido con medias de seda, podría poner un poco más de resistencia
—No te burles
—Jjajajajja... No lo hago
—Claro que lo haces... pero no me importa... Sí, por favor, sigue con el recorrido que llevan tus manos
—Siempre me ha gustado el borde de una media de seda, es sutil y poderoso a la vez. Quién es capaz de llevarlo expresa la sensualidad que sólo entrega  a quién considera digno de ella; es como un trofeo que sólo algunos ven
—No tengo palabras...
 —No las busques, sólo exprésate de ese modo tan tuyo y particular
—¿En eso soy diferente?
—...
—...
—Lo eres de muchas formas... Aunque quizás lo eres por como yo soy ahora...
—¿Has cambiado?
—Sí, lo he hecho
—...
—...
—Mírame
—No puedo
—¿Qué te molesta? ¿Es el delineado de mis ojos? o ¿Son las cejas?
—Jjajjajja... No, nada de lo que declaras me molesta
—¿Entonces , qué?
—Soy yo misma... y todo lo que no puedo mostrar
—Yo te am... acepto como eres...
—...
—...
—Lo sé
—Entonces mírame
—¿Cómo? ¿Así?
—No. De ese otro modo, el que me muestra cómo eres
—Y ¿Cómo soy?
—...
—...
—Fuego
—No
—Por favor, no bajes la mirada
—Es que no puedo ser de mentira para ti, no esta vez
—¿Por qué? ¿Lo has sido antes?
—...
—¿Por eso ya no estamos juntos?
—No pude comprenderte
—¿Qué no entendías?
—A ti
—No te entiendo
—Oh, claro que lo haces
—...
—No, no te alejes, ahora miro de otro modo
—No te gusta esto que hago
—¿El qué? ¿Tu ropa? ¿Las medias que llevas?
—... Sí...
—No te confundas, no vas vestido de mujer, lo haces de rebeldía
—...
—Supongo que inevitablemente nos sostienen las cosas que conocemos, por eso morimos, por eso aparecen nuevas generaciones capaces de procesar lo que nosotros ya no aceptamos
—Necesito hacerte el amor
—¿Por qué?
—Porqué no tengo palabras
.
N/A
Bill siempre implica un enorme grado de inspiración para mí y no sería así si él no "creara" nuevas ideas en mi mente.
Espero que disfrutaran de este capítulo.
Siempre en amor
Anyara








lunes, 15 de mayo de 2017

TÚ / Serie Erótica



Nunca conocemos del todo la historia de los demás, sobre todo si consideramos que incluso quiénes viven un hecho no son capaces de contarlo de forma imparcial; las virtudes son alabadas habitualmente por el amor y las injusticias agravadas por el dolor. Entonces ¿Cómo puedo conocerte?
Te miro, sonríes, y a mí se me olvida el mundo, aunque el dolor de la ausencia sigue aplastándome el corazón que a su vez lucha, llenando de alabanzas las virtudes que veo en tus ojos cuando brillan, aunque sea por el escaso momento en que olvidas quién eres... pero, ¿quién eres?
Esa es la pregunta que jamás responderé.
A veces me gustaría haber conocido las restricciones de los adolescentes, me gustaría contar con ese momento en que el beso es furtivo en la puerta de la casa de alguien, con los padres tras la cortina más cercana, o, escaparme por la noche sólo para mirar cómo te asomas a la ventana a la hora acordada; las miradas clandestinas, las notas escritas, arrugadas y metidas en la grieta de algún árbol. Tuve algo de eso, durante muy poco tiempo, a los catorce años, ella aún me pesa en los recuerdos, pero la olvido en cuánto te tengo en frente, así como ahora, recostada contra el pie de la cama, envuelta en una bata blanca igual que la mía. Acaricio tu pierna con el pie e intento abrir la prenda con pequeños movimientos que resultan inútiles; tu sonríes, pero, como es habitual últimamente, la sonrisa no te llena los ojos.
Hemos hecho el amor hace muy poco, en la piscina que teníamos sólo para los dos, entre las ondas que formaban nuestros movimientos y el atardecer que enfriaba convenientemente el agua que casi hervía con nuestro calor. Te he sentido en la piel, en los huesos, en todo lo que hay de mí que es externo, pero no he llegado a tocar tu alma con la mía ¿Hace cuánto que no lo consigo? El contacto se ha vuelto desesperado y frío; nada de lo que hacemos, buscando entre la agonía del sexo, es capaz de conectarnos con esa parte en la que eres y soy y somos... Te extraño, y no hay canción, fotografía o palabra entre líneas que consiga decírtelo.
Te extraño.
Te mueves ligeramente y el cruce de la bata se abre y cae dejando apenas a la vista el volumen de uno de tus pechos, el resto de su forma lo adivino bajo el tejido y recreo en mi mente su tacto y forma. Quizás no lo sepas, pero eres embriagadora, o quizás lo sabes demasiado bien y por eso tus ojos me invitan como la hembra de la mantis invita a su macho a copular.
No lo pienso demasiado, cuando la vida parece extinguirse no pensamos en lo que nos pueda suceder, sólo en lo que podemos sentir en nuestro último aliento, como si trajésemos un conocimiento ancestral de lo que queremos llevar en la memoria al momento de partir.
Me acerco a ti, acorto el espacio que nos separa como si no fuesen más que unos centímetros y te enlazo por la cintura, alzándote lo justo para que te pegues a mi torso. La abertura de tu bata se ha extendido un poco más y sólo bastaría una sacudida para que me mostrara el pezón desnudo, pero no lo necesito, no lo ansío, no me importa; eres tú, vestida de amor, todo lo que me hace falta. Quiero que crucemos juntos todas las galaxias y que nos unamos en ese punto central en el que arden todas las cosas, para que finalmente nos unamos al Todo del que venimos. Sí, ya sé que mis pensamientos son vagos, incluso pueden parecer fantasías creadas por una mente enfebrecida, pero estoy más allá de los juicios y de todo lo que no me imante hacia el amor que te tengo.
No, no puedo perder los preciados segundos que poseo.
Siento tu mano sobre mi hombro, la noto aferrarse como si entendieras todo lo que pienso, Me miras a los ojos y sé que no es mi imaginación; me lees.
¿Cuántas personas sufrirán este desconsuelo inmenso que me embarga cuando tú no estás? ¿Cuántas de esas personas pasarán por mi lado a diario y yo ni siquiera les dedico una mirada? Supongo que ningún problema es un problema, hasta que es tu problema.
Toco tu frente con la mano llena, sigo con tu pelo, despejándote la cara del cabello húmedo, y descanso el pulgar en tu sien, acariciando tus ideas, pidiéndoles que sean amables con mi amor, que no lo magullen ni lo ignoren. Tus ojos se centran en los míos y tus labios se separan listos para emitir una frase que anhelo desde que estás en mi vida; no, desde antes de tenerte.
A veces siento el peso de los años  en los pensamientos, me doy cuenta, aunque lo disimulo, de lo mucho que las cosas fútiles me molestan. Veo más allá de las palabras o los gestos, leo entre líneas en los discursos vacíos de las personas que se me acercan atraídas por la luz que emano; y luego me siento viejo y cansado y quiero dejar de vivir,... y pienso en ti... y la vida se aferra el hueso para seguir mermando mis ideales, porque la única meta real es poseerte.
Las palabras no salen de ti y te callas como llevas haciendo desde hace mucho ¿Qué temes, amor? ¿Qué dolor escondes? ¿Qué verdad?
Acerco mi boca a la tuya, queriendo tomar tus labios de forma enérgica, pero me detengo en cuanto los rozo, la emoción me abruma como cuando te besé por primera vez, como cuando me dejé besar sin siquiera comprender qué eras.
¿Te has preguntado, alguna vez, si lo que tu mente te muestra realmente está ahí? A veces creo que la mitad de las cosas que me pasan son invenciones de mi mente, como por ejemplo, el día en que perdí mi virginidad, ahora parece una ilusión, pero por entonces era una película que se repetía en mi mente de forma constante, no podía pensar en otra cosa, sin embargo ahora todo eso es ilusorio, la experiencia ha sido reemplazada por sentimientos aún más profundos y ya no sé cuáles son los que debo conservar. Mi mente no es como un disco duro que lo puede almacenar todo en carpetas, mi mente necesita reciclar parte de su memoria y comprimir datos para hacer llevadera la vida ¿Será que comprimo tus muestras de desamor y sólo me quedo con el afecto?
Me entrego al beso, separando los labios y dejando que tu boca calce con la mía, del mismo modo que lo hace tu pecho, tus brazos y tu cadera. Te oprimo hacia mí como ya sabes, de la manera que lo hago siempre, envuelto en miedo, deseando grabarte en mi piel para recordarte. El abandono es un sentimiento tan margo, solitario, enemistado con el resto de lo que somos; nos aísla, nos convierte en una versión en negativo de nosotros mismos, no nos reconocemos en la imagen y sin embargo sabemos que estamos ahí, pero jamás lo aceptaremos ante nadie. Sin embargo la cura a ese miedo está en el mismo punto en el que se genera, en el pensamiento, sólo debemos tener la voluntad suficiente para transformar en amor aquello que nos aterroriza.
El beso se vuelve más intenso y mis manos ya no te acarician, te apresan. Tus manos buscan entre la tela de la bata, no te será difícil hallar lo que quieres, porque toda la piel se me ha erizado y el cuerpo responde al estímulo de tus caricias, de tu respiración apresurada y de tu deseo. Me empuñas y es sólo en ese momento te detienes y me miras de nuevo a los ojos.
Hay quienes consideran que esto que tú y yo hacemos es sexo, pero el sexo es lo menos relevante cuando puedo tocarte y hundir mis dedos en tu carne. Sexo es algo ínfimo, un escape más de las tensiones como cualquier otro, es reproducción; cuando yo te siento rozando mi piel y ésta se eriza por las emociones que despiertas, el sexo cambia de nombre, de oficio, de tarea para la que fue creado, el sexo se desnuda y caen sus letra como un ropaje pesado e inútil y brilla con nitidez el amor, aflora por entre las capas que lo ocultan y el roce de tu pecho, la presión que siento en el mío, es la búsqueda de mi alma que quiere unirse a la tuya. Te lo he dicho tantas veces ya, que a veces pienso que te cansarás de mis intentos, pero ¿Cómo puedo evitar querer ser tú, si tú eres yo?
Te acomodas sobre la cama y me permites verte desnuda. Tus piernas enlazan mi cadera y me llevas hacia ti para que te penetre. Sin embargo yo podría recrearme por largos minutos en la forma de tu pecho, en la suave caída que conlleva su peso; podría perderme, erizando la piel de tus costillas al tacto con mi lengua y sonsacarte verdades entre gemidos, al acariciar los pliegues de tu sexo. Tus piernas insisten y estoy preparado para hundirme entre ellas.
Te quiero mía, te quiero abierta —No sé si lo pienso o te lo digo. La sensación de formar parte de ti es arrebatadora, me lleva a perderme a mí mismo por unos cuantos segundos que quisiese eternos. Tus piernas se cierran entorno a mi cintura y tus brazos se enlazan por entre los míos, intentas alzarte para que nuestros pechos permanezcan juntos, para que los besos busquen la piel y los susurros encuentren cobijo. Me inclino un poco más para que descanses sobre la cama y así poder controlar el vaivén de mi cuerpo sobre el tuyo; quiero que sea un contacto firme y profundo, que te haga pedir, entre murmullos, algo parecido a la clemencia, y entonces parar y mirar tus ojos desvanecidos hasta que se enfoquen en mí .
¿Estamos realmente preparados para que alguien nos abra su corazón?
Es tan difícil saber si lo que se siente es amor o dependencia. Siempre que estás aquí sé que te amo y cuando no lo estás sé que te necesito. Un día, quizás, deje de amarte y dolerá tanto que la vida no tendrá sentido, porque recordar el amor es más doloroso que amarte y no tenerte.
—No, no... —me dices y se me electriza la piel, no es la primera vez que siento que lees mi mente ¿Es así? ¿Lo haces?
Me quedo por un momento anclado a tu mirada, perdido en las posibilidades. Tus caderas me suplican que siga y tus ojos me transmiten el pesar de tu alma; hoy tu sufres más que yo, lo haces como quien paga por un pecado ¿Serás un demonio para alguien? Para mí eres un ángel y creo que siempre hay una parte de nosotros que tiene su antagonista en otro ser.
Me acoplo a tu cuerpo y dejo que mi respiración choque contra tu oído. Te has quedado a contra luz de una ventana y puedo ver cómo se eriza tu piel. Me muevo dentro de ti, de forma rítmica y profunda, yo también siento como se me eriza la piel. Siento como se me contrae el cuerpo y el placer insiste en buscar una salida. Tu respiración se agita cada vez más, te quejas, ansiando algo que ambos deseamos. Acerco la boca un poco más a tu oído hasta que lo rozo con los labios.
—Te amo —digo, sabiendo que siempre será así, aunque sólo seas el vago recuerdo de un sentimiento.
Giras la cabeza, me miras con los ojos llenos de lágrimas y de la respuesta que no te atreves a dar, pero la sé, la siento y la vivo aunque no estés.
De pronto viene a mi mente una frase, un trozo de algo dicho por tu voz.
 Tú vienes de Sirio y yo de Antares y esto es como una poesía cuya rima se perdió en el espacio que no hemos querido explorar.
No sé lo que significa, pero sé que conozco las palabras.
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N/A
Otro de Erótica. No sé hasta cuando se escribirá esta historia, sólo sé que mientras ella quiera yo la escribiré
Espero que les guste
Siempre en amor
Anyara


jueves, 6 de abril de 2017

Secreto / Serie Erótica


Secreto

Mi amor por ti comprende un espacio intransitable de deseos que se convierten en cuchillas afiladas, sinsabores, dolor y en el fondo, allá a lo lejos, una luz que lucho por alcanzar y que ni siquiera sé si es para mí.
¿Crees que podrías, mi amor, tocarme y no romperme? ¿Crees que podrías acercarte a mí, abrir el campo que me escuda del mundo para poder tocar tu alma y no destrozarme? Porque cuando estoy frente a ti soy frágil y dúctil, tan mansa y entregada que me asusta dejar de ser ¿Crees, mi amor, que podrías tocarme y que la piel no sea una defensa o una protección? ¿Crees que podrías acercarte hasta mí y hacer desaparecer todo el temor, toda la tristeza, la decepción que mi propia ansia genera?
Tu mano en mi cintura es una respuesta que espero, pero aún así me sorprende. El suave contacto de tu palma en la curva me acelera el pulso, el corazón, me electriza la piel y olvido la respiración práctica, pasando a la acelerada, a la desarmónica;  la que busca sobrevivir. Me quedo prendada de tus ojos con esa mirada magnética y felina; clara y misteriosa a la vez. Me observas sabiendo todo lo que quiero y me instas a suplicar por ello. Oh, amor, tus ojos me abren el pecho y mi alma brota como una flor de infinitos pétalos y se extiende hacia ti.
—Mírame así, Bill, mírame —pido en susurros.
Tus manos están sobre mi cintura y las mías sobre ellas, su tacto me es tan familiar y a la vez nuevo, porque nuestra unión es finita y cada gesto es atesorado como un obsequio y guardado en el alma como un secreto. Acaricio tus manos, las amo, amo la forma en que captan la vida, en que tocan el vacío y le dan forma a un sentimiento.
Me miras y me pierdo en la profundidad de tus ojos; hacemos el amor de un modo salvaje, sólo con mirarnos. Son largos minutos en los que nos buscamos, nos hallamos y nos reconocimos, un momento extenso en los que se llenan de emociones nuestros pensamientos y ellos llenan el alma, la mente, el aura y la piel. Sin tocarnos estamos convirtiendo la magia en realidad. Sin un roce, te siento plenamente dentro, tan dentro que jamás saldrás; te has quedado prendado en la prisión de los sentimientos, que está hecha de barrotes que no aprisionan, que se forman de la unión entre ambos. Tú, amor mío, le das libertad a mis alas; me elevas y me aíslas de todo lo frívolo, a través del clamor de tu mirada. Hacemos el amor de un modo perfecto, nos hemos transmitido la excitación, el palpitar, el sudor, el ansia, el deseo, la ternura, el abatimiento, la angustia previa, hasta llegar a la culminación de los sentidos, sólo con mirarnos, transmitiendo la pureza del sentimiento, abriendo nuestro espíritu con honestidad, entregando todo lo que somos, no hay forma más perfecta de amar y aún así necesito más, más de ti; necesito que esa sonrisa traviesa y sutilmente malévola, calme el ansia, sólo un poco, porque quiero abrirme para ti. Aquí estoy, por ti, pidiendo el sabor de tu boca y de tus besos que aún no quieres dar; quieres que sufra y te suplique. Oh, mi amor, no hay suficiente suplica para declarar el modo en que te deseo. Mi cuerpo alterado, mis pezones erguidos, mis labios húmedos, mi piel débil a tu tacto, todo ello es una muestra que te oculto. Tus manos se deslizan un poco más atrás y se cruzan en mi espalda para acercarme a tu cuerpo y te siento el vientre, ha  tocado el mío y me hago más blanda en el abrazo y suspiro al sentir el movimiento lento de tu cadera, es irreprimible para ti, presionas tu sexo contra mi ingle y el calor asciende con tanta violencia que me causa escalofrío. Ajustas otra vez el abrazo y me encierras, envuelta en la manta chamánica que vistes y que amo. Tu boca desciende para buscar mi cuello y poner en él un beso que detona las sensaciones erógenas de mi piel, encendiéndola, me hace temblar y gemir, llevándome casi al límite. Luego el beso se convierte en una caricia de tus labios hacia mi oído y mi sien. El abrazo se hace más grande, me rodeas y yo a ti, nos envolvemos y escucho tu corazón. Oh, qué angustia tan deliciosa, mi amor, estar así, ansiando y deseando y a la vez sin querer mover ni un músculo, porque sólo quiero tenerte y abrazarte y oír este latir agitado y maravilloso.
—Anda, por favor, quítate la ropa —y deja que te ame, que te bese y te recorra, anda, por favor.
La petición es oída, pero no comienzas por ti, noto tu mano por debajo del vestido y me quedó inmóvil, conteniendo el aire, a la espera de que encuentres la sorpresa que llevo para ti; quizás en ella busco algo de la normalidad que jamás nos acompaña. Tus dedos ascienden por la media y encuentras el encaje y luego el ligero; tus ojos se iluminan con la travesura de un niño encerrado en un hombre. Mi amor, qué asombroso espectáculo son tus ojos, podría deshacerme en ellos eternamente, caer y caer, sintiendo siempre que vuelvo al mismo punto de admiración. Te deshaces de mi ropa, deshojándome, y te separas  unos centímetros para observarme, siento tu mirada posada en mi pecho y percibo tu deseo en el modo en que la travesura ha desaparecido y tus ojos se han vuelto oscuros y profanos; respiras hondo e inclinas la cabeza, como si ye prepararas para atacar; ese gesto de pasión contenida me estremece y me excita tanto que llevo una mano a mi vientre, queriendo tocarme mientras me miras. Sostienes mi mano, me detienes y amoldas la tuya, para acompañarme en la exploración; comienzas un movimiento con ella, adelante y atrás, la vibración de la tela sobre la piel me desequilibra y me sostienes; la sensación es increíble y es sólo a través de ella que llego a la certeza de que siempre seré tuya. Entonces descanso la cabeza en tu hombro, estás tan excitado como yo, la piel de tu cuello se ha erizado y me permito disfrutar de cada milésima, de cada segundo de esa debilidad que compartimos, luego te beso la piel y la lamo, de forma instintiva. Te quejas y el sonido de tu voz perturbada por la provocación me estremece aún más y me sostengo de ti y llevó la mano hasta tu pantalón y abro los botones con toda la rapidez que puedo, necesito apoderarme de tu sexo, necesito sentir su firmeza en mi mano; necesito apoderarme de ti.
—Te necesito dentro —expreso mis pensamientos.
Me ayudas con la ropa y liberas tu sex, tomas mi mano y la pones sobre él, ansiando el masaje que quiero darte. Tu mano entre mis piernas ya no me acaricia, busca un acceso por entre el encaje de la braga para tocar la piel excitada y húmeda. Yo no puedo dejar de mirar tu pene erecto, está enrojecido y preparado para entrar y llenarme. Oh, amor, no sabes cómo extraño sentirte; extraño el modo en que entras en mí hasta que sólo puedes empujarte como si quisieras partirme, llevado por ese sentimiento de unión que conocemos tan bien.  Acaricio tu carne, la encierro y la amoldo en mi mano, noto su firmeza que se hace cada vez más densa. Se descoordina el toque de tus dedos sobre mi clítoris y escucho como te quejas, hasta que finalmente abandonas y me dejas perdida en un suspiro de orfandad que se convierte en torturado placer. Sostienes un pecho en tu mano y te llevas un pezón cubierto de encaje hasta a boca, tus dientes buscan, entre roces, la forma erizada y pellizcan conteniendo la fuerza con desesperación. Me quejo sin reparo, podría llegar al orgasmo sólo con la sensación de tu boca en mi pezón, me deleito en las sensaciones y noto como mi mente comienza a despegar . Oprimo tu pene con fuerza, sin querer, lo someto y te quejas junto a mi oído. El deseo nos envuelve, nos llena de impaciencia. Tu respiración se ha descompasado, has cedido el control al deseo y amo cuando haces eso. Tus ojos felinos me miran y me advierten, se acabaron los preámbulos.
—Ábreme —te insto y siseas, aspirando el aire profundamente, como si lo necesitaras para evitar la ignición.
La flor de tu mano tatuada, arrastra consigo la ropa interior, mientras tus dedos separan mi sexo, preparándolo para tu entrada. El primer toque es suave, apenas un roce; tu frente se apoya sobre la mía, tu boca respira sobre mi boca y te mantienes así un segundo eterno, dos, hasta que me atraviesas y... Oh, tenerte dentro, amor, tenerte dentro es un éxtasis por sí mismo. Nos quedamos unidos, silentes, aferrados uno al otro, envueltos en el deseo, el coraje obligado para no morir de miedo y el amor. Retrocedes lentamente y te llevas contigo toda mi voluntad; esperas un instante antes de volver a colmarme, te mueves, giras la cadera y te mueves como si buscaras descifrar qué hay dentro de mí. Tus ojos, amor, tus ojos se han oscurecido por la pasión, sondean mis pensamientos y temo qué pasaría si pudieras leer en ellos.
Cae la manta que te cubría los hombros y yo pierdo mis manos por el borde de la camiseta que vistes, te la quito para que podamos estar más cerca, para que nada nos separe durante esta unión tan anhelada. Desatas el sujetador y liberas mi pecho que se roza con el tuyo, el calor de tu piel es exquisito, arrebatador y me pierdo en las sensaciones que ahora experimenta mi cuerpo y mi alma. Tu sexo explora dentro de mi sexo, lo humedece un poco más con cada embestida y el sonido rápido y rítmico de los golpes desborda mis sentidos y me arranca un quejido. Me sostengo con fuerza a tu cuerpo, sé que el contacto es tan intenso que nos hará estallar muy pronto, pero no me importa. Recorro tu espalda buscando un mayor anclaje y me encuentro con dos puntos de energía que me queman en las manos, el placer me aturde y mis ideas se mezclan y se dispersan. Aumentas el ritmo de  los golpes de tu ingle entre mis piernas, me causas dolor y un placentero desvanecimiento. Tu voz se rompe en sonoras respiraciones que me erizan la piel, y en mis manos sigue golpeando esta energía que no había sentido en ti antes, ya no la puedo ignorar, la reconozco —¿Qué es esto, amor?, ¿son tus alas? — me desespero, intento detenerte, pero tú crees que es la pasión la que me empuja y me aferras aún más —No, por favor, no toques tu divinidad por razones equivocadas, te condenarás como yo...— me sostienes firme contra tu cuerpo, tu boca intenta un beso que se rompe en un gemido y te vacías dentro de mí.
La energía se expande y tú apenas puedes respirar; tus preciosos ojos me miran tan llenos de preguntas y yo no puedo parar de llorar. Supongo que al final la oscuridad me persigue, porque yo le huyo y se siente sola.

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N/A
Uno de Erótica que salió de la necesidad de decir algo, como siempre resulta ser Erótica, del alma, del cuerpo, de la creación de realidades.
Espero que les guste.

Un beso

Siempre en amor

Anyara





viernes, 17 de febrero de 2017

Capas / Serie Erótica


Capas

¿Has tenido, alguna vez, ese momento de lucidez en el que todo encaja? La estructura de tu familia, del edificio en el que vives, de las estrellas que no vez en una noche nublada… Todo. Así me siento ahora que escucho tu voz junto a la de ella, parecen hechas para construir la armonía. La fragilidad de las notas, el golpe de los acordes, tu voz susurrada, tal como aquellas suplicas que no contienes al hacer el amor, y la respuesta en la voz que te acompaña en esta canción, mucho más perfecta que mis gemidos perdidos en medio del placer y el dolor.
¿Cómo puedo, siquiera, pensar en competir con esa perfección?
Un día, amor, abriré los brazos y te dejaré ir. No será por hastío, ni siquiera será porque mis sentimientos hayan cambiado, será por lo único válido y que aún no logro conocer: por amor incondicional. Y si vamos más allá y le quitamos el apellido, será por amor.
Cierro los ojos y me inundo de la melodía que toca mi alma con la delicadeza con que el hilo de seda se enrosca entre sí hasta formar el capullo, para luego sentir el desgarro que rompe la maravilla de su unión. Tú no sabes, y quizás no llegarás a saberlo jamás, la perfección que representas, la magnífica unión de átomos que te componen y que te hacen único e irremplazable para mí, en este y los demás universos. Eres la luz de mi oscuridad y en mi egoísta afán por sobrevivir, te ato, te condeno y te mantengo anclado al amor al que cantas con notas rotas.
Quisiera, mi amor, que el dolor que a menudo siento no te tocase y que cuando me vieras sólo encontraras sonrisas. Sin embargo, sé que en la afinidad de tu alma con mi alma, no hay secretos que pueda ocultarte y lees tanto la congoja, como el egoísmo y el amor profundo y sin fondo que te profeso ¿Habrá en la inmensidad que nos rodea y nos separa, algo comparable a esa chispa de luz que explota cuando te amo?
Fuimos, hace mucho, una sola estrella que estalló y se fragmento. Ahora, somos cada uno, lo que hemos podido reunir de ese estado en el que yacimos como un todo. Quizás sea inevitable esta atracción que sentimos y quizás, también, sea inevitable el recuerdo de la destrucción que nos separó.
Abro los ojos y me doy la vuelta, los recuerdos reales, la imaginación y los sueños se mezclan en el espacio precario de mi mente. Tocó la sábana fría junto a mí, te quisiera aquí, de ese modo egoísta en que siempre te quiero a mi lado, pero también no te quiero, porque el miedo es otra faceta más de este modo de amarte. Se me cierra el corazón, lo siento retraerse en si mismo y temo que el dolor lo convierta en una piedra ¿Será esto la involución? ¿Radicará todo en nuestra incapacidad de entender el amor como lo único real? Oculto el rostro en la almohada y me pregunto si soy lo que creo o sólo soy lo que mis miedos crean. Siento un toque sobre mi hombro, sé que no eres tú, no puedo confundir el modo en que mi piel se eriza cuando te concibo en mi espacio, pero no quiero mirar, prefiero imaginarte en el toque de éste que me da calma.
Sí, amor, yo también he pecado del modo profano en que lo has hecho tú.
¿Podrás perdonarme?
No, tú harás más que eso, tú lo entenderás.
Extiendo la mano hasta su rostro y busco los aros que decoran el tuyo; el vacío me lleva al borde de las lágrimas cuando no consigo imaginarlos y clamo por ti en un murmullo contra la almohada que ya me ahoga—Bill, Bill—. Oh, amor, por favor tócame, por favor extráeme de esta fantasía inhumana que no reconozco como mi vida
¿Entiendes la razón por la que estamos tan anclados a esta mierda de mundo que nos separa hasta destruirnos? Y si no nos destruye, nos aísla y nos insensibiliza… nos anula…
Por favor, por favor ven y hazme el amor con calma, para que pueda saborearte y asimilar cada embestida como una entrega, como un todo con forma y propósito. Por favor, amor, ven y deja algo de ti.
Su mano me toca la espalda y baja, buscando un poco más allá. Quisiera decir que me he reservado para ti, aunque en realidad me parezca una idiotez de frase; después de todo el cuerpo no es nada sin el alma, lo verdaderamente horroroso de estar compartiendo la cama no es él y lo que hemos hecho, es que te he buscado a ti en cada movimiento, en cada beso y en cada gemido que acallé para no llamarte como una posesa. Su toque llega más allá de lo que deseo, porque mi mente ya está demasiado lúcida para encontrar algo de ti en una fantasía. Me remuevo y me levanto, escucho una pregunta de su parte que respondo con una sonrisa y salgo de ahí. En mi mente se repite la melodía que te he escuchado cantar junto a ella ¿Quién es? ¿De qué la conoces? No soy yo, ni siquiera la yo que me reemplazará algún día.
La noche es lluviosa ¿Lo es también ahí? Me quedó por un instante mirando las gotas chocar contra el suelo del balcón que se extiende en poco más allá de la sala y de pronto veo hierba que no debería estar ¿Estará mojada? ¿Se habrá impregnado de la misma lluvia? Comienzo a abrir la puerta de cristal, quiero ir hasta ella y al menos sentir que me humedezco los pies con la lluvia que verás al amanecer. Me sostienes por la cintura, te reconozco y contengo el aire por un par de segundos, como si la vida que he vivido hasta este instante buscara cortar con la que seré. No puedo mirarte, siento miedo de estar imaginándote. De pronto mi mente viaja hasta la habitación y el chico que descansa en mi cama ¿Sabrás de él? ¿Nos has visto romper el deseo? Cierro los ojos, no quiero mirarte, si lo hago vaciaré en ti cada miserable pensamiento que me compone ahora mismo. Tus brazos me rodean y pegas mi espalda a tu pecho.
—Shhh… —susurras, intentando acallar mi mente.
—No, no lo hagas —no me entiendas.
—Nunca entenderé la lógica de tenerte, pero te tengo, lo demás ¿qué es?, ¿importa?, ¿nos define? —dices y me abrazas un poco más.
—No… —digo, mientras intento eludir la calidez de tu abrazo, pero me deshago en él.
Remueves mi cabello con tu rostro y tocas con los labios mi sien y mi mejilla, la calidez se transforma en escalofrío, de esos que no se consiguen contener, y tiemblo en medio de un abrazo que no quiero que termine. Me doy la vuelta y busco tus labios. Qué terrible sería perderte y a la vez que inútil, porque estoy destinada a buscarte y a encontrarte y a volver a este punto. Te beso y todo lo que soy se vuelca en reconocer la forma de tu boca, su firmeza antes de abrirse al beso, su completa entrega cuando cedes. Toco con la lengua los aros que la protegen y por primera vez, en demasiados días, vuelvo a sentirme entera. Hoy, me merezco un sueño antes de despertar.
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N/A
Demasiados sentimientos como para definir lo que este capítulo cuenta. Espero que les haya gustado y acompañado durante unos minutos.
Siempre en amor
Anyara







jueves, 24 de noviembre de 2016

Dentro / Serie Erótica


Dentro
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—¿Qué es lo que estás haciendo? —te pregunto, mientras acaricio la pelusa que tienes por cabello. Acabamos de hacer el amor, aún no ha terminado de apaciguarse mi corazón, pero no puedo dejar de pensar en la tormenta que noto en tu interior. Hoy me has amado de un modo diferente, porque a pesar de sentir la misma búsqueda desesperada que compartimos, también había desidia, casi podría decir que conformidad, pero no del modo en que yo la comprendo, si no del modo mundano y vulgar en que lo aceptan las personas corrientes.
Me inclino, buscando tu rostro en medio de la penumbra que nos deja una vela roja que he encendido, quizás para invocarte, para pensar tanto en ti que pudiese crearte. No dices nada, te remueves ligeramente y me aferras un poco más al abrazo del que me tienes presa, con tu cabeza sobre mi vientre y la mano tatuada sobre la cintura. Te sigo acariciando el pelo con cuidado, no comprendo la fría sensibilidad que me demuestras, pero sí entiendo que hay personas a las que se debe tratar con suavidad y amor; están colmadas de lágrimas.
A veces me enfado contigo, otras tantas simplemente observo en silencio los devaneos de tu mente y los condeno sin emitir palabra, para no dañarte, para no ampliar el dolor que los origina ¿Sabes lo que es amar incondicionalmente? ¿Sabes lo que es que ese amor duela hasta que te preguntes si tiene algún valor?
Lo he sentido muchas veces, más de las que quisiera.
Muchas veces, en el silencio de la soledad ingrata; no, no me mal interpretes, amo la soledad, pero existe esa que está contigo aunque la evadas con todas tus fuerzas, la que suele perseguirme cuando no te encuentro, cuando no vienes y no puedo llegar a ti. Bueno, evitaré los desvaríos, no quiero caer en la vorágine de mis propios pesares. Como decía, en medio de ese silencio siento tu dolor, lo experimento y soy consciente de los pasos que das por su causa y de los errores que vas cometiendo en busca de un sentido que no encuentras. Me culpo, desde luego que me culpo, porque en mi afán por volver a tocarte y besarte, en mi miedo a enfrentar tu ausencia, he ido a tu mundo y te he revuelto la razón.
De pronto alzas la mirada y me observas con una expresión dulce y esa sonrisa abierta que te da un toque inocente y sensual a la vez.
—No me respondes —te sonrío de vuelta. Tu rostro se relaja hasta alcanzar la seriedad y tomas aire como si te prepararas para contarme todas las cosas que habitan en tu mente; sin embargo, se te escapa en un suspiro.
—¿Qué me reprochas? —preguntas, quitando tu mirada de mis ojos, para fijarla en un punto que aleje tus emociones.
No, amor, no, nada más lejos que reprocharte algo; eres para mí la luz y la oscuridad misma que me habita, no podría condenarte jamás porque sería como sentenciar mi propia muerte. Quizás es en la visceralidad de este sentimiento en el que reside toda causa de este amor.
Hundo los dedos es el corto cabello que ahora llevas y la caricia marca la ansiedad de mis emociones. El corazón se me ha acelerado sólo por el vacío que he sentido, de pronto, al pensar en todo lo que eres para mí y en la nada absoluta que eso me deja. Tu mano sostiene la mía, la sosiega con un apretón firme, pero suave, así como sueles ser. Me quedo hipnotizada por los dedos tatuados y aunque no puedo definir las líneas de la tinta por completo, las conozco y las recreo en mi mente como si las viera y un escalofrío me hace temblar. No, no es frío, es la absoluta combustión que siento cada vez que me detengo en algo que amo de ti; y luego del temblor viene el abismo que se abre cuando comprendo que vivo de instantes robados de tu realidad. Me miras y me quedó prendada de las sombras de tus ojos.
—No me mires así, no busques más, todo lo que encontrarás en mí es desilusión y miedo —dices, y las lágrimas estallan en mis ojos, ni siquiera había notado que las tenía. Has leído mi mente y pronunciado las palabras que habitaban sueltas en ella.
Extiendo la mano con un movimiento torpe, quiero tomar tu sexo sin que me importe si estás listo para volver a penetrarme o no. Me siento rota, completamente destrozada por esa angustia que nunca me abandona, que sólo se adormece y que al despertar es como el hambre y me devora desde dentro. Te quejas cuando oprimo la carne flácida entre tus piernas y sostienes mi muñeca para evitar el malestar. Te miro a los ojos, sin filtrar la desesperanza que siento y me sueltas, porque la comprendes y la vives como yo.
Cómo se puede sentir tanta miseria en medio de un acto tan magnífico.
Oprimo tu pene con desesperación y tú, con la misma desesperación, buscas mi pecho y succionas mi pezón. Me quejo, no hay placer en esto que estamos haciendo, sólo dolor. Por qué es en medio de mi dolor cuando tú aceptas abrir el alma.
Me detengo y tú lo haces también. Nos quedamos callados y de pronto la proximidad y la intimidad parecen abrir un vacío entre los dos. Te incorporas en la cama y aunque quedas sentado a centímetros de mí, no me tocas y yo ya no quiero que lo hagas. La vela roja está a punto de consumirse, aunque aún no lo hace. Me quedo observando la llama que danza inestable sobre un charco de esperma. Son tan pocas las noches que podemos compartir juntos, tan pocos los momentos de sentirnos en la piel y ahora, en este instante, estamos rotos por esa misma razón.
Me recojo en mi misma, de pronto la desnudez no parece apropiada, y vuelvo a ser una adolescente insegura ¿Cómo puede el sufrimiento y el miedo arrastrarme tan fuera de mí?
Te pones en pie y buscas tus cigarrillos en uno de los bolsillos de tu pantalón. Las lagrimas que antes me sorprendieron, ahora se me atragantan y no las puedo llorar. Me sumerjo en las razones por las que te perdí y comparo cada palabra de entonces con las que hemos compartido ¿En qué he fallado? ¿Cómo me he vuelto a equivocar? La distancia me hiela y te observo junto a la ventana, aspirando el humo y manteniéndolo dentro de ti para que te recorra antes de salir. Me quedo prendada de la visión de ti, como tantas veces me sucede a la lejos, en esos momentos en los que sólo te puedo imaginar. Quizás tú no seas consciente de la razón por la que los demás de toman fotografías o hacen videos de ti, pero yo sí lo comprendo; entiendo la fascinación que sienten por capturar un instante y hacerlo propio cuando no se puede tener nada más. Fumas una vez más y yo te observo, resignada a dejar morir la noche. Se te riza la piel con la brisa que entra suave y fría por la rendija que hemos dejado abierta en la ventana ¿Te asusta decir la verdad? ¿Temes que te vea como te ves? Oh, amor, nada de ti podrá nunca opacar lo que sé de ti. Ante esa aclaración que hace mi alma, el amor estalla y la presión que siento en el pecho finalmente cumple con su labor y permite que un par de lágrimas caigan y me mojen la rodilla.
Me miras y yo lo hago también, ambos tomamos aire y lo liberamos en un suspiro que nos lleva a la resignación. Caminas hacia mí y apagas el cigarrillo contra el cenicero que tengo en la mesilla, justo a la vela que lucha por no apagarse en medio de su propia cera. Te acomodas junto a mí en la cama y me tomas las manos.
—Ven —pides, indicándome el sitio que hay entre tus brazos.
Me acurruco en el ofrecimiento que me haces y observo el tatuaje que llevas en el pecho y que ineludiblemente me recuerda a nuestro destino; dos caminos paralelos, nunca juntos. Me abrazo más a ti, necesito que me trates con cariño; ahora mismo estoy llena de lágrimas.
Vuelvo a mirarte a los ojos y busco a través de ellos ese pensamiento que me has estado ocultando con tanto ahínco ¿Qué te pasa, amor? ¿Qué dolor no puedes compartir?
—¿Sabes? Mañana es mi cumpleaños —te digo, sin más, sólo por la necesidad que tengo de que lo sepas. No dices nada, pero me abrazas más fuerte y siento aquello como un regalo de aquellos que no tienen definición.
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N/A
Siempre les he dicho que Erótica es extraña, yo la siento como una sonda que viaja por el espacio y va enviando datos desde lugares desconocidos…
Espero que les haya gustado este capítulo.
Siempre en amor
Anyara


domingo, 23 de octubre de 2016

Detalles / Serie Erótica



Detalles
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No sé si alguna vez te he hablado de la nostalgia que me invade cuando llega el otoño. No, seguramente no he llegado a decirlo, son tan pocos los instantes en los que podemos hablar de la vida y del mundo y de la inmensidad del universo y del lunar que tienes en la mejilla. Son tan pocos los momentos en los que he podido contemplarte sin que el pensamiento de tu partida me pese como una losa sobre los hombros. No, no te he dicho lo mucho que me gustan los tonos de esta estación, con sus pigmentos en verdes mortecinos que dan cabida a rojos y amarillos. Tampoco te he hablado de cómo la luz traspasa las hojas, del mismo modo que lo hace en la piel deteriorada de un anciano. Cuando percibo esos ínfimos detalles, la belleza y la decadencia se chocan dentro de mí, causándome una melancolía que no consigo explicar ¿Sonrío?, sí; ¿soy feliz?, sí, también lo creo. Sin embargo, me pesa el alma como en ningún otro momento del año.
Fumo una calada más, el humo me pica en la garganta, a pesar de que ya debería estar inmunizado. Lo retengo dentro de mí, como si retuviese la muerte por unos instantes y luego lo libero en una nube que aporta su grano de arena a la destrucción de este planeta. Entonces miro las pocas estrellas que se dejan ver al inicio de la noche y pienso en ti, inevitablemente en ti, completamente en ti. El dolor revive en mi pecho y a pesar de que no tengo razón para llorar, siento como las lágrimas se acumulan en mis ojos y respiro hondo para apaciguarlas, para esconderlas del mundo en el que existo y que no será capaz de comprenderlas. Mi alma es extraña, extranjera en un espacio que no acepto. A veces siento cómo todo lo que soy tira de mí hacia otro sitio y no puedo evitar pensar que es hacia ti.
Amor, amor… mi amor…
Los matices del otoño se pliegan con los matices de mi alma. Sé que no debería darle tanta importancia a mi dolor, que comparado con otros dolores es pequeño y egoísta, pero es el mío y abarca ahora mismo todo mi caos.
Vuelvo al cigarrillo, sólo le quedan un par de caladas. Es tan hermosamente efímero el humo,  brota denso, después de recorrer mi interior. A veces me pregunto ¿Cuánto de mí conforma el humo que expulso? ¿A dónde van esas microscópicas partes? ¿Qué componen luego? Hoy me enteré de que vemos el arcoíris por los fotorreceptores cónicos que hay en nuestros ojos y que los animales que no los poseen no pueden verlo; de alguna forma, nuestra forma nos lleva a crearlos. Si miro a lo lejos, a la estrella más lejana que consiga vislumbrar ¿Crearé tu mundo?
Suspiro.
Descubro la luna que ha crecido hasta su estado de plenitud. La envidio porque aunque cambie, ella siempre conoce su ciclo; gira sobre sí misma, segura de lo que es y del espacio que posee. Quizás en el miedo a lo desconocido esta nuestro verdadero enemigo.
Hoy me has tocado el alma en un momento en que no lo esperaba ¿Conoces esa sensación de que el tiempo se ha parado? Hoy lo experimenté casi como un golpe en el pecho e irremediablemente pensé en ti, en que estarías haciendo o con quién compartirías ese instante en el que yo te pensaba. No es lo mismo que ahora, que mis ideas se enlazan todas hacia ti, por voluntad, porque necesito atraerte a pesar del dolor. Hoy me has tocado y las personas que estaban a mi alrededor se convirtieron en bosquejos de la realidad. Miré a mi alrededor buscando tu rostro, tu andar, tu pelo, pero no te encontré… Sin embargo, oí tu voz. No puedo definir las palabras que me dijiste, no puedo contarlas como si las hubiese aprendido de memoria, porque era un lenguaje hecho para mi ser más allá de mi cuerpo; te sentí en mí.
Ahora añoro ese instante vibrante y luminoso.
El cigarrillo se la terminado y lo apago contra el piso, luego descanso las manos sobre el barandal de metal que mira hacia la ciudad. La luna se ha elevado plena y la noche ha tomado su sitio, desplazando al día. Entonces veo tus manos, casi a la par con mis manos, apoyadas sobre otro barandal. Me emociono y siento como el corazón se me agita. Quiero tocarte, llegar a ti como un caballo encabritado que rompe la barrera que lo priva de su libertad. Sin embargo, me quedo estático, observando el velo que nos separa y que me recuerda al humo del cigarrillo que acabo de fumar. Miro tus dedos, que permanecen tranquilos sobre la madera de tu barandal, están a una distancia tan corta de los míos que podría extenderlos y tocarte.
¿Qué me pasa? ¿Por qué me siento tan temeroso? Es como si todo lo que sé me hablara de la improbabilidad y todo lo que soy lo desmintiera. Quiero, necesito, que me veas; pero tengo miedo del instante que es y que puede dejar de ser. Tengo miedo de rasgar tu universo y que veas lo peor de mí. Sí, tengo un lado oscuro y viciado, una parte de mí que aflora cuando menos lo espero y que rompe todo lo bueno que consigo construir. Extiendo un poco los dedos, pero me detengo de inmediato. Miro tu rostro, casi asustado ante la posibilidad de que me hayas visto, pero no lo has hecho; observas a la distancia y sólo puedo pensar en que me buscas en algún lugar del horizonte. Es tan hermoso contemplarte cuando no eres consciente. Nunca te he dicho lo mucho que me gusta la curva que hay entre tu nariz y tu labio, la forma en que se eleva para luego caer con suavidad hacia la hendidura de tu boca. Hoy sólo puedo mirar los detalles y quisiera permanecer aquí, inmóvil, todo el tiempo que me sea posible, para llenarme de tu imagen. Sin embargo, extiendo los dedos un poco más, como en un acto de rebeldía de mi alma, y te toco. Siento un fuerte hormigueo en la mano, que avanza hasta la muñeca y el codo. Me estás mirando, noto la fuerza de tu mirada, del mismo modo que percibo la energía del velo que nos separa. Sin embargo, al tocar tu mano, todo el pesar parece una fantasía.
Sostengo tus dedos y los encierro para crear un vínculo que no se rompa cuando te mire a los ojos. Dejo que mi mirada vague por tu brazo, tu cintura, la curva de tu pecho; me detengo en el latido que hay en la hendidura que une los huesos de tu clavícula, en ella puedo ver el ritmo feroz que ha alcanzado tu corazón. Se parece al mío; no, se iguala al mío. Aseguro un poco más tus dedos y alzo la mirada hasta tu boca. Son tantos los besos que puedo recordar, casi puedo sentir ese primer toque que sueles brindarme cuando el ansia aún no nos ha consumido; es apenas una caricia con la que atrapas los aros de mi boca y los tocas con la lengua para luego soltarme despacio; como ahora.
Tu olor se mezcla con el aire de la noche y con el humo del cigarrillo que acabo de fumar.
Separo los labios para humedecer los tuyos; lo hago con calma, como si tuviésemos todas las vidas para amarnos. El modo en que aceptas la caricia es tan comprensivo, tan dulce, que sé que intuyes el enorme esfuerzo que me significa la cautela. Son tantos los pequeños detalles que concibe una pasión. A veces creo que con sólo imaginarte ya estoy haciéndote el amor.
Tomo tu boca y acuno tu mejilla con la mano para tenerte un poco más. Todo tu cuerpo se amolda al mío, o quizás sea yo el que me acoplo a cada curva del tuyo; no lo sé,  no me importa ¿Cuánto pueden importar esa consideraciones cuando las almas se reencuentran?
Te siento, en ese espacio que se crea entre la imaginación y la realidad. Te siento, como la hoja que nota el viento que la desprende de la rama que le da vida.
Te amo, y aunque no tenga sentido en medio de la lógica que hemos aprendido, te amo y no me importa nada más y no hay nada que podamos hacer que sea lo que tenemos que hacer. Estoy vivo en este instante en el que te pienso y que aún no ha sido contaminado de realidad.
Tomo tu labio y lo reconozco, lo recuerdo. Qué puedo decir de ti que no esté visto y aprendido por mi mente mil veces antes de decirlo. Eres como el fascinante instante que da paso de la vida a la muerte; estamos tan enfocados en la pérdida, que no vemos la maravilla que es pasar a otro estado de consciencia.
Tu boca se amolda a la mía; es tan húmeda y cálida que no puedo evitar rememorar otras zonas de ti. Nuestros corazones no han dejado de latir acelerados, lo noto por lo agitada de nuestra respiración y por el temblor de nuestros labios que interrumpe la calma con que buscamos saborearnos ¿Por qué será que ante el temblor, los cuerpos se aferran aún más? Arrastro la boca sobre tu boca y te escucho quejarte bajito, como si no quisieras, y es el timbre de tu voz el que percuta un escalofrío que me recorre la columna desde la nuca. Tus brazos se cruzan tras mi cuello en un acto innato de autoprotección; necesitas saber que la debilidad que ahora sientes en todo el cuerpo, y que comprendo a través de la mía, no te hará caer. Tomo nuevamente tu labio y lo succiono y lo presiono con los dientes y lo recorro con la lengua. Respiro hondo, para no ahogarme de pasión, y llevo las manos hasta tus costillas, acariciando con los pulgares la curva desde la que despega tu pecho. Vuelvo a succionar tu labio y recreo el modo en que mojaría y mimaría tus pezones, con esa ansia viva con que suelo hacerlo casi cada vez que te tengo; sin embargo hoy necesito de los detalles, de beberme tu pasión a gotas, para que no se termine, para que la luz del día nos encuentre aún aquí.
Tú crees que hay un espacio motivado por algo parecido a la magia y que es ahí donde vivimos, pero no lo es, no hay magia en el dolor que siento cuando te amo de este modo yermo en donde nada vive.
¿Crees que un día viviremos unidos?
¿Crees que podríamos quedarnos aquí, en este beso infinito?
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N/A
Erótica…
Al terminar un capítulo, me quedo sin poder decir mucho, todo lo que siento en el hoy, está puesto en las palabras que componen lo escrito y lo comparto y espero a que lo lea alguien que lo comprenda.
Un beso.
Siempre en amor
Anyara

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Amo / Serie Erótica


Amo
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Amo esa parte de tu espalda, entre la cuarta y quinta vértebra; en esa parte tu espalda se arquea creando la sinuosidad perfecta para la curva de tu trasero y desde ahí pienso en tu cadera y desde tu cadera pienso en su movimiento y en mis manos tocándolas y en muchas otras cosas que se anclan, una tras otras y cuando mi mente se llena de esas imágenes la ansiedad me consume desde dentro, desde la composición misma de la sangre que recorre mis venas y cierro los ojos y te imagino con esa expresión maravillosa que adquieres cuando te sientes excitado y desinhibido, esa que hace que tus pezones parezcan algo más llenos e infunden a tus dedos más fuerza para sostenerse a mi cuerpo. Amo cuando todas esas imágenes que recreo en mi mente, en soledad, se convierten en verdaderas tras el velo que nos separa; y puedo verte desear mi contacto y ante su inexistencia, verte inventarlo.
Te veo besar tu mano, la acaricias con los labios como si fuese otra boca. Atrapas en el pliegue que nace desde el pulgar, y da forma el índice, los aros que custodian tu labio inferior. El lento modo en que te tocas la boca me muestra la fuerza de tu deseo y la avidez que albergas. Oh, Bill, si supieras el modo en que se contrae mi vientre al verte; si conocieras el ansia viva que me corroe y la, casi, irreprimible pretensión de recorrerte con los labios y con los dientes, hasta que no haya un centímetro de tu piel que no haya tocado.  
Bajo la mirada un momento, porque no me siento capaz de apreciar tu desnudez sobre la cama, sin emitir el gemido que me brota desde una profundidad recóndita que no obedece al cuerpo. Toda yo estoy hecha de deseo en este momento y nunca, por más que lo intente, conseguiré plasmar con palabras lo que me quema el pensamiento. Tu expresión está perdida en un espacio que los humanos aún no sabemos definir. Tu boca se abre para absorber la vida y transformarla en realidad, de la que brota de un ser que golpea la fantasía con su visión y la transmuta. Ahora mismo te observo y veo la mayor obra de impresionismo que jamás he captado. Ojalá algún día consigas verte a ti mismo desde el absolutismo desde el que yo te dibujo en mi mente. Eres hermoso de un modo magnífico, sólo por entregarte a lo más puro de tu ser.
Tus ojos cerrados se oprimen, buscando la imagen que perfeccione tus sensaciones. Tu mano ha bajado por tu vientre, tocando cada protuberancia y hendidura, y yo la he seguido atragantándome en cada volumen, hasta llegar a la erección que mantiene tu pene. Me saboreó por la imagen, casi sin voluntad, deseando tenerte en la boca y en mi sexo al mismo tiempo; mi mente sólo es capaz de recrear la penetración sin que importe el modo en que ésta exista. Lo único importante es tenerte dentro; supongo que es en este punto en el que ataca la intuición a la que poco caso hacemos, la consideramos como al velo delicado que apenas nos cubre del sol, sin embargo no vemos todos los matices de luz que esconde, ni las muchas formas de ver la vida que nos puede entregar. Quisiera, desde ese punto de mi misma que no exploro con facilidad por miedo, decirte que eres lo más perfecto que existe cuando, simplemente, eres.
Y es ahora, entre esos jadeos tímidos que sueltas, que me siento más dispuesta a profundizar en ti y en mí.
Extiendo una mano, buscando traspasar la barrera que nos separa y siento como si un huracán se acercara y quisiera arrastrarme al mundo del que provengo. Sin embargo, y oculta tras mi determinación, consigo mantenerme firme a tu lado de la realidad. No, no me ves, mi amor y hasta agradezco que sea así, porque la imagen de tu propia mano acariciándote el pene es algo que me inflama de deseo hasta llevarme al borde de la inconsciencia. Entonces, vuelvo a fijar la mirada en tu espalda, entre la cuarta y quinta vértebra lumbar y me recreo en el modo en que se hunde la carne en torno a uno de esos pequeños huesos, cuando buscas con impaciencia un desahogo que yo podría darte con sólo montarme sobre ti.
Pasan los segundos y no quiero moverme, sólo quiero mirar el modo en que tus falanges se tensan por el constante movimiento de tu mano.  El pulgar está recreando la dureza que el pubis proporciona al canal por el que brota tu simiente. Si tan sólo fuese capaz de desmenuzar una a una las sensaciones que te llevan al placer; me recrearía en cada una de ellas como si fuesen un universo y las lamería como hacen las colas luminosas de los cometas a las órbitas de los planetas… porque todo tú eres para mí una creación.

Te escucho alzar un gemido extenuado, de esos que brotan cuando todo lo que intentas es insuficiente, y me inclino cerca de tu oído para susurrar desde todo lo que yo misma soy como creación un simple vocablo, un “ahhh”, que expresa el modo increíble en que te siento dentro de mí aunque no lo estés. Contienes el aire, mientras tu cuerpo se tensa, marcando cada músculo, y luego lo expulsas en un gemido, casi un grito, que acompaña a tu orgasmo. Tu semen se esparce por tu mano, tu vientre y mi mejilla.
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N/A
Extrañaba escribir y más aún este portal que se abre entre las realidades cuando surge Erótica.
Espero que les guste el capítulo y que me cuenten lo que opinan o sienten.
Besos
Siempre en amor

Anyara